February 28, 2007 | Translation of Scripps Howard News Service

La confusión de Hollywood

Es curioso que en la ceremonia de los premios Oscar del fin de semana no se dijera ni una palabra sobre los movimientos terroristas dedicados a la destrucción de Occidente.

Las estrellas y magnates de Hollywood no parecen llegar a entender por completo que grupos tales como Al Qaeda y regímenes como el que gobierna Irán no sólo odian a republicanos, evangélicos y a Richard Perle. También tienen la esperanza de eliminar la libertad artística, imponer el estatus de segunda clase para las mujeres y lapidar a aquellos con orientaciones sexuales poco convencionales.

 

¿Verdaderamente debería ser eso motivo de menor preocupación para Hollywood que el calentamiento global?

 

Las películas se hacen para divertir y ganar dinero, pero también pueden moldear la opinión pública. Algunos cineastas tienen com meta fomentar una ideología. Piense lo que hizo Sergei Eisenstein por el comunismo soviético o lo hizo Leni Riefenstahl por los nazis. (Michael Moore no les llega a los talones aunque aspire a ello).  

 

En la presentación de los Oscar hace 40 años, La Batalla de Argel fue nominada al Oscar como mejor película en idioma extranjero. Ya había ganado varios prestigiosos premios en Europa. En años recientes, su relevancia debido a los conflictos de Irak y Afganistán ha servido para que se reestrene. Hasta la han visto en el Pentágono.

 

Si usted vio la ceremonia de este año, entonces pudo ver en el montaje de los grandes del cine que nos dejaron recientemente, una foto de Gillo Pontecorvo, el director de La Batalla de Argel que murió el año pasado a los 87 años. Ex comunista nacido en Italia, los veteranos de la lucha de Argel por la independencia de Francia le encargaron a Pontecorvo que hiciera la película. Para contar su historia, Pontecorvo se centró en la batalla que los franceses ganaron en 1957, en una guerra que los franceses perdieron en 1962.

 

La película plantea muy favorablemente la idea de que el terrorismo es un arma legítima cuando se usa a favor de una causa justa. La película no deja duda acerca de quién lucha por la causa justa: Los argelinos quieren su libertad. Los franceses quieren ocupar Argelia para dominar y explotar a la población musulmana.

 

En un momento de la película, un periodista francés pregunta al líder revolucionario Ben M’Hidi sobre sus tácticas terroristas: “¿No cree usted que es un poco cobarde usar las canastas y los bolsos de las mujeres para que porten artefactos explosivos que matan a tanta gente inocente?

 

Ben M'Hidi contesta: “¿Y no le parece a usted aún más cobarde lanzar bombas con napalm sobre pueblos indefensos para que haya mil veces más víctimas inocentes? Por supuesto que si tuviéramos sus aviones, sería mucho más fácil para nosotros. Dennos sus aviones y ustedes pueden tener nuestras canastas”.

 

La Batalla de Argel sirvió para inspirar a dispares revolucionarios en los años 60 y 70 tales como el IRA (Ejército Republicano Irlandés), las Panteras Negras, y la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), fundada por la Liga Árabe en 1964. En los años siguientes, la lógica de Pontecorvo/Ben M’Hidi ha sido adoptada por casi todo autoproclamado terrorista revolucionario, desde el ayatolá Jomeini a Osama bin Laden. También repercute en Occidente, sobre todo en campus universitarios y medios de comunicación, por ejemplo se ve en el planteamiento simplista de Reuters que dice: “Lo que para uno es un terrorista, para otro es un luchador por la libertad”. 

 

O como un ex embajador de Estados Unidos y miembro del “grupo de consejeros expertos” de la Comisión Baker-Hamilton lo dijo recientemente: “La gente se queda igual de muerta si se le bombardea desde el cielo, le disparan un cartucho desde un tanque, la selecciona un francotirador, le clavan una bayoneta o cuando la mata un terrorista suicida o un dispositivo explosivo improvisado en la carretera”.

 

Si ése es el estándar, uno podría decir igualmente que la gente se queda igual de muerta si la matan en un campo de batalla o la envenenan en una cámara de gas, por tanto ¿cuál es la diferencia y quiénes somos nosotros para juzgar?

 

Para algunos sofisticados, tampoco importa si la causa es mantener una colonia, como fue el caso de los franceses en Argelia, o ayudar a un gobierno decente a valerse por sí mismo y luego marcharse, como la misión de las tropas estadounidenses en Irak y Afganistán. Aunque los revolucionarios contra los que Estados Unidos lucha, busquen abiertamente establecer el totalitarismo.

 

Por tanto, ¿qué causa es justa y a quién – si alguien – debería dársele mayor flexibilidad cuando se trata de armas y tácticas? ¿Qué sentido tiene discutir que estamos comprometidos a la más estricta interpretación de las reglas de enfrentamiento en la guerra pero que no debemos exigir siquiera la mínima moderación a nuestros enemigos?

 

No son preguntas fáciles de contestar. Quizá por eso Hollywood prefiere preocuparse por las emisiones de carbono y si los glaciares de Groenlandia se están derritiendo.

 

©2007  Scripps Howard News Service

©2007  Traducido por Miryam Lindberg

 

Clifford D. May, antiguo corresponsal extranjero del New York Times, es el presidente de la Fundación por la Defensa de las Democracias.